De El Sur, que es acaso mi mejor cuento, básteme prevenir que es posible
leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo.

“Prólogo” a Artificios, Buenos Aires, 1944

Es supersticiosa y vana la costumbre de buscar sentido en los libros, equiparable a buscarlo en los sueños oen las líneas caóticas de las manos.

J. L. B.

Según declaró el propio Borges en una entrevista, todos sus cuentos parten de alguna experiencia autobiográfica, por muy fantásticos de después resulten. Éste es el caso. Al igual que el protagonista de “El Sur”, el autor tuvo un pequeño accidente con una arista saliente de una ventana recién pintada. Se dirigía a casa de una amiga cuando se hizo esta herida en la cabeza, y la pintura le produjo una reacción tóxica que derivó en septicemia. Tuvo que permanecer varias semanas en el hospital, con un estado de salud grave, angustiado por la posibilidad de perder sus facultades mentales y verse obligado a dejar de escribir. Así toma como punto de partida su experiencia personal y crea al personaje de Juan Dahlmann. El cuento comienza explicándonos su biografía, desde sus antepasados hasta la actualidad. Así sabemos que nieto de un pastor evangélico alemán y un argentino muerto en batalla, el protagonista se posiciona del lado de éste último “antepasado romántico, o de muerte romántica”. Unas pocas líneas después del inicio del cuento, se puede empezar a rastrear lo que será el desenlace final. El recuerdo del abuelo guarda consigo la música, la espada, la soledad, el criollismo, estrofas del Martín Fierro y el clavo de Chéjov, de donde Juan Dahlmann elegirá colgarse haciendo lo que podría llamarse una elegía a ese Sur, ya presente desde el mismo título.
La vuelta de tuerca comienza justo con el párrafo siguiente: “Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”. Borges entra por fin en acción. Un lector voraz, no puede esperar para comenzar el texto de Las Mil y una noches, absorto por la lectura choca contra un batiente y su frente queda herida. Fiebre, septicemia e ingreso en el hospital. Dahlmann delira creyéndose en el infierno y el tiempo se ralentiza y parece detenerse. La angustia comienza a crecer en el lector, que se siente cercano al personaje que sufre. Éste es conducido a un sanatorio, donde su dolor sólo parece ir in crescendo. La muerte parece cercana y cada vez más acechante; sin embargo la mejoría llega y lector y personaje parecen respirar aliviados. Comienza una segunda parte en el relato: el otoño, la fresca mañana y Dahlmann camino a la estancia rural en la que continuar su recuperación. La simetría y el anacronismo. Lo que podría interpretarse como un desdoblamiento del personaje, que viaja al sur, a su pasado, al reencuentro con su historia, pero al mismo tiempo permanece, aún atado a aquella cama de sanatorio. Justo en este preciso momento en la narración, es cuando se pueden diferenciar las (al menos) dos interpretaciones que sugiere Borges en el Prólogo. El viaje ha tenido realmente lugar en el mundo físico de Dahlmann, que es dado de alta y se encuentra en ese tren, o puede tratarse de una alucinación, un sueño únicamente producido por la mente del personaje como proyección de todos sus deseos y anhelos. Se libra así mediante el poder de la imaginación de la angustia que le supone su incapacidad mental y el malestar físico. Es una especie de renacer, una oportunidad de volver a empezar, de regresar al vientre materno y enlazarse de un modo casi místico con su antepasado muerto en batalla. Aquí precisamente se articula la simetría: ingresa y escapa de aquel sanatorio en el mismo coche de plaza, que sirve como engranaje que vincula el presente de Dahlmann con el pasado y la historia de todo el país. Creo que el personaje nunca sale del hospital, sino que en un momento de máximo delirio producido por la enfermedad, se crea un universo paralelo, ficticio, imaginario, una superrealidad que se sitúa por encima de lo cotidiano y palpable. Según el propio protagonista indica en un momento del viaje: “no trató de entender, ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba”. Por supuesto, el lenguaje acompaña al propósito literario y se convierte en puramente connotativo. La conciencia del personaje fluye libremente a través de las páginas, y el narrador parece apartarse decidiendo no mediar en el discurso.

El viaje al sur, no sólo representa una “movilidad” física, un cambio en el plano espacial, sino también en el temporal. Es éste también un viaje al pasado. Y es aquí donde entra en juego la posible dimensión histórica del cuento, que se puede concebir como un documento sociológico relativo a ciertas costumbres de la vida de los gauchos en la Pampa argentina. Sin embargo, Borges no gusta de trabajar con realidades específicas y concretas, sino de abstracciones y conceptualizaciones. Así no se habla de gauchos espontáneos, casuales, sino de lo que podríamos llamar “El Gaucho”. La referencia intertextual al Martín Fierro, estandarte de esta porción de la cultura e historia de Argentina no es ni mucho menos gratuita. De este interés que ejemplifica en el relato tenemos constancia una vez más con el párrafo que dedica a la descripción de un gaucho que sitúa incluso “fuera del tiempo, en una eternidad”, más como símbolo de una cultura que como persona física sujeta a las leyes de la mortalidad. Aquí encontramos uno de esos anacronismos que se prefiguraban: “la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur”.

Por último encontramos el desenlace del cuento. Dahlmann es se cree atacado porque unos parroquianos que comen cerca de su mesa en el almacén le tiran una bolita de miga de pan. Su primera reacción es la propia de un cobarde: se comporta como si nada hubiera pasado y se refugia en la lectura de las Mil y una noches. Tras las palabras aparentemente conciliadoras del dueño del local, se desencadena la escena final. Éste personaje llama a Dahlmann por su nombre, como si lo conociera, y a éste último no le sorprende, lo que se puede interpretar como un leve contacto con la realidad en una posible conversación entre un médico o enfermero y el convaleciente. Se refuerza de este modo la hipótesis del viaje al Sur como un sueño. En este momento llega la hora de los cuchillos. Dahlmann, desarmado, siente que no puede hacer frente a compadrito que le desafía; sin embargo, el viejo gaucho acurrucado será una especie de “deus ex-machina” que resolverá la situación proporcionándole una daga con la cual pelear. El pasado, aquel Sur, “(del Sur que era suyo)” acude personificado a su salvación. Pero más que salvación, quizá su función sea de la hacer realidad sus sueños, su anhelo de un momento heroico, aquel que condense en un instante el proceso de toda una vida, que la justifique en esa situación frente a la muerte: “Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado”. La muerte a cuchillo y en medio del llano es el destino final de Dahlmann, aunque en el relato no se haga explícito. Mediante esta muerte poética y heroica, quizá se pretenda explicar el trágico destino del protagonista en el sanatorio, donde sucede una muerte sin duda nada romántica ni estoica como consecuencia de la septicemia. Así se mantiene la atmósfera de magia e irrealidad hasta el final y se configura un relato coherente y asimilable a pesar del aspecto fantástico. No es de extrañar la valoración que hace el autor del texto que tenemos entre manos.

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