En 1987 la destacada novelista Carmen Martín Gaite concluye la obra ensayística Usos amorosos de la posguerra española. Años atrás había empezado la investigación sobre el tema, elaborando su tesis doctoral sobre la forma de relacionarse entre hombres y mujeres en la España del XVIII, que publicada por la editorial Siglo XXI gozó de gran acogida entre el público. Por ello, y como ejercicio de memoria propia, decidió regresar a los archivos y hemerotecas para recoger información sobre los primeros años del franquismo; época ésta marcada por dos consignas: «restricción» y «racionamiento», que se desplazarán desde el plano de la economía y la alimentación, hacia el campo de las relaciones afectivas.

En el caso de las mujeres, una de las etapas insalvables era prestar el «Servicio Social» (de 17 a 35 años, solteras o viudas sin hijos, imprescindible para acceder a cualquier puesto de trabajo dependiente del Estado), impartido por la Sección Femenina bajo el férreo mando de Pilar Primo de Rivera. Allí se instruía a las españolas para lograr el ideal de «mujer muy mujer», haciendo gimnasia en decentes pololos, cocinando tarta de manzana y bordando sabanitas de bebé.

Sin embargo, en una España llena de féminas en ardua lucha por pescar marido (no era tarea fácil tras las enormes pérdidas sufridas durante la Guerra Civil), las recatadas discípulas de la Falange encontraron un grupo de rivales vestidas de Balenciaga y que fumaban «rubios» sin parar: las niñas topolino.

El nombre proviene de un modelo de utilitario Fiat, del cual disponían estas jovencitas del barrio de Salamanca para el disfrute de su vida social. Sus usos y costumbres fueron popularizados por la revista La Codorniz «la revista más audaz para el lector más inteligente», dirigida por Miguel Mihura, publicada desde 1941 y de contenido humorístico. De este modo logró salvar el escollo de la censura y propagarse entre los más jóvenes, que a través de los comentarios sobre la publicación encontraban un nexo común que la rigidez social les impedía.

Las niñas topolino, cuyo calificativo también pasó a denominar el tipo de calzado que usaban: con cuña y puntera descubierta, que sus madres rechazaban porque venían de fuera [costumbre ésta arraigada en el momento (2)] y parecían ortopédicos. Pero la moda era sólo el reflejo exterior de una forma de pensar y comportamiento frívolo, superficial. Así fueron descritas:

…una de tantísimas Mari-Cuqui-Tere-Isa-Bobi-Bel, de esas cargantes caricaturas vivas, tontas de siete suelas y pulgar libre, impermeables de celofán, faldita muslera, «rubios» de Camel y de papá, gafas de chófer 1985, aprendizas de animadora sin ánimo.

Su origen no provenía de las familias ariscocráticas o pudientes de toda la vida, eran las hijas de los nuevos ricos que se habían lucrado con negocios alternativos y lucrativos (a despecho de la moral) en época de escasez, como el estraperlo. Desde su nuevo estatus, se desenvolvían con soltura, nadaban en la ostentosidad y desde la «modernez» detestaban lo plebeyo. En resumidas cuentas, jóvenes con poder adquisitivo y pocas inquietudes intelectuales. En la España del pasodoble y la copla, las topolino bailaban desenfadadamente el swing y veían películas de título Vive como quieras, Lo mejor de la vida o Vivir para gozar, que reafirmaban su filosofía de vida.

Sus relaciones amorosas destacaban por ser igualmente superficiales:

– Y ahora que hablamos de novios. Ayer me pasó una cosa horrible. ¡Perdí a Lolete! Era mi último novio ¡imagina!

– Te lo dejarías olvidado en algún cine.

– Eso creía yo. Pero esta mañana llamé por teléfono a todos los sitios, y nadie me supo dar razón. «¿Pero no han visto ustedes al limpiar a un muchacho coloradote con corbata amarilla y suela de corcho?»-insistí-. Y nada, hija, ¡ni rastro!

Frecuentaban los bares del barrio de Salamanca, que comenzó por esa razón a llamarse el «tontódromo»; allí bebían Martini y fumaban sin parar (3) mientras todo les parecía ¡Formidable! o ¡Sensacional! Entre estos jóvenes (también había chicos) existía más libertad que entre el resto de su generación y habían conseguido derribar ciertas barreras, pero eran una excepción. Sin embargo, esta explosión de esnobismo supone un curioso microsistema de costumbres y lenguaje desenfadados y frívolos dentro de la estrechez de la posguerra.

(1) Según el DRAE, cursi: «Dicho de una persona: que presume de ser fina y elegante sin serlo». Aunque hay teorías que sitúan el origen de la palabra en Cádiz, siglo XIX: resulta de la inversión del término Si Cour, apellido de una familia francesa venida a menos, cuyas hijas era conocidas por su esnobismo y afectadas maneras.

(2) Este  «barrer para casa» era muy propio de los primeros años del franquismo, en los que se apelaba con orgullo al «bendito atraso» en el que vivía el país, aislándose encarecidamente de cualquier influencia exterior, especialmente el capitalismo de los EEUU.

(3) Esta adicción de las topolino al tabaco debía ser exacerbado; en un artículo de ABC, Madrid 15 de septiembre de 1944, encontramos el siguiente fragmento en el que se compara a un grupo de aves intoxicadas por comer planta de tabaco tras haberse escapado del corral, con estas jóvenes rodeadas de humo:

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