Después de varios meses (han pasado muy rápido, llenos de otras disquisiciones, Davinia vale ya de excusas…) vuelvo a mi querido espacio, tan solo desde entonces y sin quejarse. En mi “defensa” cabe añadir que durante cinco semanas entre julio-agosto he dedicado todos mis esfuerzos intelectuales al estudio de la “Enseñanza del Español como Lengua Extranjera” dentro de un programa de Máster universitario organizado por la UIMP y el Instituto Cervantes.

A pesar de algunos momentos difíciles, cuando crees que tu cerebro no puede procesar un concepto más, sin duda ha sido una experiencia gratificante tanto a nivel profesional como personal (qué más puedo decir, si fue admitida junto a 35 alumnos más, con otros 280 en lista de espera, me sentí casi una “elegida” :D). El próximo verano continuará con más y mejor.

Y como reflejo de estos nuevos intereses, he decidido incluir contenidos sobre la materia en el blog, de manera que tanto la didáctica del español como los autos sacramentales necesitarán de mis muchas horas en los próximos meses. Puedo afirmar entonces que desde ahora este barco navega entre dos mares. Para empezar…

Método vs. enfoque

Desde el siglo XVI, cuando el latín perdió fuerza como lengua (oral y escrita) predominante en Europa en detrimento del italiano, el francés o el inglés, pasó a incorporarse dentro del programa de enseñanza. Como método de instrucción se utilizaba el posteriormente designado Gramática-Traducción que se articulaba en torno al perfecto manejo de las reglas gramaticales y la destreza de traducir (directa-inversa) desde el latín a la lengua romance correspondiente. El foco estaba en la forma, sin importar el significado. Por increíble que parezca, esta práctica se mantuvo hasta el siglo XIX, con algunas posturas críticas como la temprana de Montaigne, quien abogaba por enseñar la lengua extranjera a través de la acción, sin recurrir a la lengua materna o la traducción. No obstante, por consenso casi general este modo artificial de concebir la lengua se consideraba prestigioso, por seguir la estela de la enseñanza del latín, y así el alemán o el francés podían equipararse a éste. Mientras los estudiantes se bañaban en sudor y lágrimas.

 Sin embargo, durante el siglo XIX surgieron diversos movimientos de reforma en torno a la  didáctica de lenguas y se fueron sucediendo los métodos, dependiendo de su teoría sobre la lengua, el papel del alumno y profesor, etc.: Audio-oral, Respuesta Física Total, Sugestopedia, Vía Silenciosa y Aprendizaje comunitario. A pesar de las importantes divergencias entre ellos, mantienen un aspecto común: cada método (experto que lo propuso) concibe que ése es la única y mejor manera de enseñar una lengua extranjera o una segunda lengua*. Constan de una serie fija de pautas y procedimientos, que sin depender de factores como el entorno del alumno y su situación de aprendizaje, siempre tendrán un resultado óptimo si se aplican convenientemente en el aula.

Pero, a partir de la década de los 80, autores como D. Nunan o M. Long proponen enfoques centrados en el alumno. Se desvía de la rigidez prescriptiva de los métodos, atendiendo a la realidad del aula, y teniendo en cuenta las variables que existen en cuanto a grupo social, nivel de lengua, etc. Mientras que en la tradición más conservadores de enseñanza el profesor era la única fuente de conocimiento y ejercía un control total sobre la clase, ahora establece un diálogo con el estudiante para así determinar tanto los contenidos como los objetivos de la clase. De este modo se fomenta un papel autónomo por las dos partes, que depende menos de las pautas curriculares y la metodología concreta, atendiendo las necesidades específicas.

* Se entiende como Segunda Lengua (L2) aquella que se enseña dentro del contexto en que se habla (español en España) mientras que Lengua Extranjera (LE) se refiere a la lengua en un país donde pueda hablarse pero no es la oficial (español en EEUU).

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