Lo más probable es que al pensar en esta época del año, en la cual precisamente nos encontramos, vengan a nuestra mente imágenes de árboles que brotan, cielos soleados y tibias temperaturas. Precisamente así lo expresaba Chaucer en el «Prólogo General» a los Cuentos de Canterbury:

Las suaves lluvias de abril han penetrado hasta lo más profundo de la sequía de marzo y empapado todos los vasos con la humedad suficiente para engendrar la flor; el delicado aliento de Céfiro ha avivado en los bosques y campos los tiernos retoños y el joven sol ha recorrido la mitad de su camino en el signo de Aries; las avecillas, que duermen toda la noche con los ojos abiertos, han comenzado a trinar, pues la Naturaleza les despierta los instintos.

Este ejemplo procedente de la primera obra literaria escrita en lengua inglesa (anteriormente se usaba el francés o el latín) se puede rastrear incesantemente a lo largo de los siglos posteriores. La primavera como un tiempo para renacer, desperezarse del frío y sonreír al entorno que resurge ante nosotros. Una especie de tempus amoenus.

Sin embargo, esta interacción entre las circunstancias externas y el ánimo personal, no siempre trae consigo consecuencias positivas. La antítesis de este optimismo vital la encontramos en otro de los autores más sobresalientes de la literatura inglesa.

 T. S. Eliot. Perteneciente al período modernista, está influenciado por la angustia y el desencanto del hombre civilizado, tras la I Guerra Mundial. En 1922, Eliot publica el The Waste Land (La tierra baldía), año sobresaliente en el Modernismo ya que también ven la luz el Ulysses de Joyce y gran parte de la À la recherche du temps perdu de Proust.
Se trata de un poema complejo, fragmentado y polifónico, a través del cual el autor se adentra en las raíces míticas, el primitivismo y la antropología para intentar encontrar un punto de unión ante la desconcertante presencia de la modernidad.

La obra se encuentra dividida en cinco partes, comienza con una cita tomada de El satiricón de Petronio (48, 106):

En cuanto a la Sibila, yo la vi con mis propios ojos en Cumas, colgada dentro de una botella. Cuando los niños le preguntaban: «¿Qué quieres, Sibila?», ella respondía: «Quiero morir».

Tras este epígrafe que ya prefigura la atmósfera de los versos que le seguirán, comienza la sección de título «El entierro de los muertos». La primavera no es un momento de gozo y resurrección, como cantaba Chaucer, imagen que contradice Eliot con todo el peso de una conciencia y un momento histórico, cuando afirma:

Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, avivando
raíces sombrías con lluvias de primavera.
El invierno nos mantuvo calientes, cubriendo
la tierra de nieve que olvida, alimentando
con secos tubérculos un poco de vida.